Antonio Machado

Antonio Machado

martes, 7 de octubre de 2014

La tumba del poeta


29/07/2014
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No han cesado en España las manifestaciones literarias y periodísticas que evocaron el 75º aniversario de la muerte de un poeta que para muchos fue el mayor entre los españoles del siglo XX. Los diarios se han ocupado copiosamente del simbolismo histórico aparejado a la muerte de Antonio Machado y sus dramáticos días postreros, integrando en 1939 un contingente de republicanos en derrota hacia la frontera francesa. Sus dolorosos días finales, viejo, fatigado y enfermo, fueron narrados por el escritor catalán Xavier Febrés en "Els ultimens dies de Machado" y reflejados en la crónica que le dedicó Javier Cercas en "Los soldados de Salamina". En esos textos se describen las vicisitudes del convoy de cientos de familias y soldados republicanos que al fin de la guerra fratricida atravesaban Cataluña en busca de salvación y libertad. El 27 de enero murió el poeta -tres días después lo seguiría su madre- y el hermano encontró en el bolsillo de su abrigo un papel arrugado con unas palabras a lápiz que serían quizá las primeras de un último poema. Decían: "Estos días azules y este sol de la infancia", y fueron recordadas en un homenaje del diario "El País" como "el más hermoso verso inacabado de nuestra historia literaria".
En Collioure, un pueblo francés costero, quedó la tumba de Antonio. Se convirtió en objeto de peregrinación de admiradores que la mantienen cubierta de mensajes y flores. (Con perdón por la cita privada, conservo una postal recibida de mi hija Guiomar, que me dice: "Después de visitar la tumba del poeta y leer en su honor algunas de sus canciones, te mando desde Collioure abrazos cariñosos"). Y ahora, como desde hace largo tiempo, al cumplirse un nuevo aniversario han vuelto a conocerse demandas de restitución de los restos de Machado a tierra española. Como es de esperar teniendo también en cuenta su simbolismo político e histórico -la tumba del poeta se valoriza como un recuerdo del exilio republicano-, no han faltado reacciones ante la reapertura del debate. Pero, plantearon algunos, ¿a quiénes pertenecen los escritores? ¿A su familia, a sus lectores, al gobierno del país en donde nacieron? ¿Quién debe decidir dónde deben descansar sus restos? Alguien ofreció un fallo salomónico: la verdadera patria de un escritor son sus palabras.
Hay propuestas diferentes. El gobierno de Andalucía, por ejemplo, planteó el retorno a su provincia natal, apoyándose en la referencia del poema autobiográfico ("Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero…") que entre nosotros popularizó Joan Manuel Serrat. Existe hasta una "Red de Ciudades Machadianas" que presentan demandas. Y no faltan, por supuesto, pretensiones de intereses turísticos que, invocando como antecedente lo proficuo que le resulta a París el "Pére Lachaise", tradicional cementerio con muertos ilustres, proponen el negocio de un santuario en tierra española. Ian Gibson, hispanista de origen irlandés que vive en España y es autor de "La vida de Antonio Machado. Ligero de equipaje", un libro de 759 páginas que le insumió siete años de investigación, es tajante: "Estoy totalmente en contra de la repatriación. Sus restos deben permanecer en Collioure, porque así la gente tendrá más clara una etapa histórica de España". Otra opinión importante es la de Antonio Muñoz Molina, premio Príncipe de Asturias 2013, quien manifestó: "El mejor monumento a la memoria de Machado ya está construido en Collioure, ese cementerio tan modesto y cercano a España. Fuera de su patria resalta paradójicamente su universalidad y está a salvo de grotescas reclamaciones identitarias". (1) Distinta es la opinión de Luis García Montero, poeta y novelista, quien opina que donde está, territorio francés cuyo gobierno maltrató por entonces a los exiliados, no es lugar digno de Machado. Propone traerlo al Panteón Civil de Madrid, ciudad que alojó a la Institución Libre de Enseñanza donde se formó como pensador libertario.
Son diversas, como se ve, las opiniones sobre el destino mejor para los restos del poeta. Entre todas importa como la que más la de un hermano suyo quien, a su lado hasta el fin, le dio sepultura en Collioure envuelto en la bandera republicana. Escribió José: "Lo enterramos ayer en este sencillo pueblito de pescadores cerca del mar. Allí esperará hasta que una humanidad menos bárbara y cruel le permita volver a sus tierras castellanas que tanto amó". Esta hubiera sido quizá su elección, si hubiera podido el poeta determinar el lugar de su tumba. Lo insinuó, podemos deducirlo, varias veces. Nació en Sevilla pero siempre suspiró por los yermos castellanos. "Mi corazón está donde ha nacido,/ no a la vida, al amor, cerca del Duero…/ ¡el muro blanco y el ciprés erguido!", se lee en "Campos de Castilla", su poemario mayor, más entrañable e íntimo.
(1) Mario Vargas Llosa irrumpió con otro caso enjuiciando la iniciativa de una legisladora que, en el 2009, presentó un proyecto de ley para trasladar los restos de Jorge Luis Borges desde Ginebra a Buenos Aires. Expresó, dirigiéndose a colegas escritores, que nadie puede poner lo que ha escrito a salvo de futuras manipulaciones, distorsiones y vejaciones. Pero que sí es posible "precaverse contra póstumas emboscadas como la que estuvo en marcha contra los huesos del pobre Borges, haciéndose incinerar y que se esparzan sus cenizas en lugares inaccesibles".
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
(*) Doctor en Filosofía




Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado

Ian Gibson

Aguilar. Madrid, 2006. 760 páginas,

Llega esta biografía de Antonio Machado en un momento en el que la consideración distanciada y objetiva de nuestra historia reciente vuelve a resultar difícil o, a lo menos, comprometida. En medio de la arremetida de los historiadores “revisionistas”, más o menos empeñados en justificar la sublevación militar del 18 de julio de 1936, y del fenómeno opuesto, la reivindicación militante de la “memoria histórica” de los vencidos, hemos dejado de vislumbrar lo que hace apenas diez años parecía ya inminente: el que la Guerra Civil empezara a parecernos tan lejana y ajena -la formulación es de Andrés Trapiello- como lo eran para nuestros abuelos las guerras carlistas...

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA | 20/04/2006 | 
Hoy las dos Españas machadianas se enfrentan en las tertulias radiofónicas y en las listas de libros más vendidos. Una y otra compiten por el éxito en audiencia y cifras de ventas. No hay lugar para el matiz (que no para la interesada “equidistancia”), ni son bien recibidos los intentos de entender a cada cual en su circunstancia.

Después de leer las impresionantes páginas finales de esta biografía, en fin, se entiende que los sentimientos se impongan a veces, con todo derecho, a la fría ponderación de los datos: con un nudo en la garganta asistimos a los últimos días del “hombre bueno” por antonomasia que fue Antonio Machado. Los tópicos consagrados cobran de pronto una vigencia inusitada. La muerte del poeta, “casi desnudo, como los hijos de la mar”, el destello imaginativo que supone el último verso suyo conservado (“Estos días azules y este sol de la infancia”), su sencillo funeral en Collioure…, todos esos datos, archisabidos, vuelven a componer una escena a cuyo calado simbólico y sentimental ningún español decente puede oponer objeciones. Como insistentemente explica el biógrafo, no cabe considerar a Machado un mero rehén de las circunstancias: su apoyo a la República fue sincero, coherente con sus antecedentes familiares y con toda su trayectoria intelectual. Tiene razón Gibson al atisbar una cierta sinceridad, por ejemplo, en el soneto “de circunstancias” que el poeta dedica al militar comunista Enrique Líster, que no cabe equiparar sin más a las composiciones huecas y retóricas que su hermano Manuel dedica a los militares sublevados.


Sin embargo, siempre cabe esperar un enfoque, si no en contradicción con lo que dictan los sentimientos y los hechos incontestables, sí capaz de situar éstos en una perspectiva más amplia. Cabe esperar, por ejemplo, cierta piedad con la figura patética de Manuel, que hubo de enterrar una educación y un talante liberal-progresista, en todo idénticos a los del hermano, para salvar el tipo en el Burgos sublevado donde le sorprendió el principio de la guerra. En ningún modo merece el mayor de los Machado que el biógrafo equipare su entierro religioso, por ejemplo, con el del grotesco personaje que protagoniza “Llanto de las virtudes y coplas a la muerte de don Guido”. El matiz, falta el matiz. Que también se echa de menos, pongamos, en la ponderación de la labor periodística y propagandística de Antonio durante la guerra. Apenas repara el biógrafo en el continuado esfuerzo de Antonio por destacar el principal motivo de su apoyo a la causa republicana: su legitimidad; o en las repetidas ocasiones en las que se declara (a veces, en circunstancias ciertamente comprometidas) no socialista, ni comunista. O en su idea de que la República por la que habían luchado él y otros prohombres de su tiempo duró apenas un bienio, y murió literalmente con la victoria electoral de las derechas en 1933. Es la misma convicción, no lo olvidemos, que llevó a otros intelectuales a desmarcarse del régimen republicano una vez comenzada la guerra. Gibson, en su objetividad de historiador, ofrece los datos que nos permiten atisbar la complejidad del pensamiento de Machado en estos momentos difíciles, pero no acierta a extraer todas las consecuencias. El “ingenuo” Machado, en fin, no nos lo parece tanto, y lo que sí vemos en él es una inteligencia alerta que, pese a todo, no le impide asumir compromisos claros. Y es en ese intervalo entre pensamiento y compromiso, no lo olvidemos, donde reside la verdadera libertad de espíritu.


En otros momentos de esta biografía queda bien claro que Machado es un habitante pertinaz de ese libérrimo espacio intermedio entre la realidad y el pensamiento. Sus historias amorosas así lo confirman. Acierta Gibson al postular la existencia de una innominada “amada” infantil del poeta, que deja su rastro en los poemas de Soledades y en no pocos regresos del poeta a los recuerdos de su infancia sevillana. Menos comprensivo, en cambio, es el biógrafo con la complicada relación platónica que Machado mantiene con la mediocre poetisa Pilar Valderrama, la “Guiomar” del último tramo de su obra. Es más que posible que al poeta no le satisfacieran los límites que su amada impuso a la relación; pero también parece evidente que el campo meramente imaginario y sentimental en el que ésta habría de desarrollarse no es del todo ajeno a los postulados de su mundo poético. Hay una posible contrapartida, claro: en algún lugar de esta biografía se alude a las posibles visitas del Machado viudo a algún burdel. Pero aquí tropezamos con la causa principal de las muchas zonas de sombra que presenta su vida: la falta de testimonios suficientes.


Gibson saca todo el partido posible de los que hay, y logra trozos en los que el lector visualiza sin dificultad las circunstancias materiales y el transcurrir del día a día del poeta. Así ocurre, amén de en las ya mencionadas páginas finales, en las dedicadas a su estancia en Soria, por ejemplo, o en la difícil labor de taracea que supone hacer casar las cartas de Machado a Pilar Valderrama y los recuerdos de ésta para construir una crónica verosímil de lo que verdaderamente sucedió (aunque echamos de menos, en fin, el relato, tan revelador, de las circunstancias en que la identidad de “Guiomar” terminó finalmente aflorando, gracias, entre otras aportaciones, a las bien fundadas intuiciones de José Luis Cano; aunque es muy posible que, cuando Cano da a luz sus artículos, en 1959, la identidad de la amada de Machado fuese ya un secreto a voces).

En cualquier caso, no parece que la trayectoria vital de Machado oculte ya para nosotros ningún misterio, más allá de las lagunas existentes en el conocimiento de algunas etapas de su vida, o de ese otro milagro inexplicable que es la creación poética. Y casi nos alegramos de ello: en esta biografía no aflora ninguna revelación impertinente o escandalosa, ninguna intimidad que incomode, ningún descubrimiento sorprendente. Si acaso, el continuo contrapunto entre la realidad y la inteligencia despierta del poeta, que sueña con poseer físicamente a la amada que mejor encaja en su concepción mentalista del amor, o tiene la humorada de declararse “no socialista” en un mitin de las Juventudes Socialistas Unificadas… Un personaje singular, vástago de la mejor España y, comprensiblemente, víctima de la otra. Recorrer su vida es un pretexto inmejorable para releer su obra. También, para reflexionar sobre algunos acontecimientos de nuestra desgraciada historia; y, quizá, para ver bajo otra luz ciertas preocupantes actitudes del presente



Antonio Machado; "un modo de ser"





España es un país muy dado a conmemorar a sus insignes en las fechas de su muerte. Algo de atinado tiene esta tradición, sin embargo, según la persona, conviene transgredir el acervo para conmemorar o, mejor dicho, celebrar el nacimiento. Tal es el caso de Antonio Machado, nacido un 26 de julio.
A.Caro
 25 julio 2014
 “Hablaba en verso y vivía en poesía”, dijo Gerardo Diego de nuestro poeta, del que esta semana celebramos su natalicio (Sevilla, 26 de julio de 1875). En un país tan dado a celebrar los aniversarios de las defunciones, creo significativo abrir una nueva vía: la de celebrar los nacimientos. Es cierto que la muerte es la puerta, quizás la última, que conduce a la Historia; a la inmortalidad a la que miles de lectores de generaciones dispares condujeron al genial poeta sevillano. Historia e inmortalidad, a menudo, son sinónimos. Pero el nacimiento, el alumbramiento de una nueva vida es el comienzo, el punto de partida a partir del cual se empieza a forjar el hombre y el poeta (¿podemos distinguir entre uno y otro?).

Aquel 26 de julio, Ana Ruiz dio a luz, a las cuatro y media de la madrugada, en una de las estancias del Palacio de las Dueñas de la capital hispalense, a un hermoso niño que llevaría el nombre del padre: Antonio. Segundo varón – meses antes había nacido Manuel – de una familia de ocho, a los pocos años de nacer, el abuelo de los Machado ganó una cátedra en la Universidad Central de Madrid y la familia al completo decidió partir con él. Y fue en este período de mudanza cuando, Antonio padre llevó a sus hijos a Huelva para que conocieran el mar. La imagen inmensa de un azul ignoto quedó grabada en la mente del joven Antonio, que no dejaría de evocarlo en su obra.

Ya en Madrid, los hermanos Machado ingresan en la Institución Libre de Enseñanza, bajo la tutela, entre otros, de Giner de los Ríos y de Cossío. La estancia en la ILE marcará hondamente la forma de ser y de pensar de Antonio. Y de Madrid, el periplo sobradamente conocido: París, Segovia, Baeza, Barcelona y Colliure.

Celebrando, como hago e invito, el aniversario del nacimiento del poeta no creo importante dibujar una semblanza de Machado, semblanza que, de otra parte, es conocida por todos. Creo que, para lograr el difícil gozo de la celebración, es más pertinente parafrasear a Max Aub, quien, atinadamente, señaló en su Manual de Historia de la Literatura Española, que si Unamuno fue “un modo de sentir” y Ortega y Gasset “un modo de pensar”, sin duda Machado fue “un modo de ser”. Una forma que Aub definió como  "la estirpe romántica, la sencilla bondad, el vigor intelectual y la sincera melancolía."

Y es que si se piensa bien, en la vida de Machado casi todo fue pérdida: su marcha de Sevilla, la muerte de su padre, la muerte de Leonor, el imposible amor con Guiomar y, finalmente, la pérdida del hogar por el exilio. Y la pérdida es el primer paso hacia la melancolía. Todo Machado es la melancólica mirada; unos ojos profundísimos que observaban el mundo con el corazón ensimismado en el recuerdo; con el alma tomada por una vigorosa sabiduría que no fue fruto de la senectud, sino de la apetencia natural de un espíritu que, nacido en Sevilla un 26 de julio de 1875, buscaba constantemente una luz que masticar; un alimento que saciara.

26 de julio de 1875. Sevilla, España y la literatura comenzaron a deshacerse por el gozo; a gloriarse porque, de Ana Ruiz hubo nacido el gran príncipe de la “estirpe romántica”: Antonio Machado. 



Antonio Machado y la educación en valores

14.07.2014 
FULGENCIO MARTÍNEZ Este año se ha cumplido el 75 aniversario de la muerte del poeta y otro tanto del fin de la Guerra Civil del 36-39. El 22 de febrero de 1939 moría en Collioure (Francia) el poeta Antonio Machado. En una de sus últimas prosas, escrita en Valencia durante la guerra, reflexionó sobre el papel de los poetas y los intelectuales. Escribiendo bajo unas circunstancias dramáticas, mientras sufre la ciudad valenciana el bombardeo del Ejército franquista, produce un texto que luego se recogió en la segunda parte de su libro Juan de Mairena, una de las cumbres de la prosa y de la filosofía española.
«Occidente parece cada día más desorientado. Cada día, en verdad, sabemos menos por donde va a salir el sol». «Escribo a la luz de una vela, en plena alarma, y son estas mismas aborrecibles bombas que están cayendo sobre nuestros techos, las que me inspiran estas reflexiones». En esos términos se expresa Machado mientras desgrana las actitudes del poeta y la del filósofo abstracto ante la situación de guerra, a la vez que asienta su fe poética y humana en el amor y en los valores sociales. El filósofo está tentado a pensar que la guerra «perturba el ritmo de sus meditaciones», pero si ella le coge «desprevenido de categorías para pensarla, esto quiere decir mucho en contra» de las meditaciones del filósofo y del deber de «revisarlas y de arrojar no pocas al cesto de los papeles inservibles».
En estos pensamientos se hacen patentes los sentimientos que le embargan a Machado: la proximidad de la muerte, la angustia existencial y su descontento radical como ser humano. Pero es, precisamente, ese descontento «a única base de nuestra ética» como seres finitos, relativos y necesitados de otro ser.
«Si me pedís una piedra fundamental para nuestro edificio, ahí la tenéis». Pero piedra, más bien, para el edificio de una creencia comunitaria, fraterna. Antes o por encima de la metafísica y el concepto racional, es ese descontento radical lo que ha de mover a un acuerdo en los valores vivos, que presida el diálogo posible de dos conciencias radicalmente distintas y complementarias.
Para desmontar el fracaso existencial del amor, Machado evoca la lapidaria sentencia de Negrín: «Las más de las veces al vencedor lo hace el vencido». Frente a los que justifican el egoísmo en base a la imposibilidad de amor entre uno y otro, y entre los otros y los unos, Machado afirma el propósito de ´superar´ el encantamiento que hace disminuir en el alma las alas que nos trascienden horizontalmente hacia los otros, más allá de los valores individuales, egoístas.
Su mensaje está hoy más vivo que nunca: Para mejorar la sociedad es preciso apostar por una cultura de valores comunes, solidarios. Si la cultura no educa en nosotros esos valores, nuestras convicciones últimas no serán removidas. El pensamiento de Machado, al igual que su corazón, le llevaban a la ética del respeto y el amor a la humanidad real, al pueblo. Y, en concreto, el pueblo español. Este tiene un fondo de valores arraigados que no son despreciables si se convierten en solidaridad y no ceden a la tentación del egoísmo. Cree Machado en un Dios de la filantropía, aun no realizado del todo, pero cuya existencia necesariamente se haría real mediante la realización futura de la esencia humana. Alguien podría decir que ese Dios de Machado es una creencia idealista, pero las creencias conforman valores y un fondo constante de elecciones y experiencias. Por cierto que la «ingente experiencia del Cristo todavía en curso», dice Machado, es «precisamente en Roma» donde no se la ve nunca.
A ver si, ahora, decimos nosotros, con el nuevo papa la Iglesia se orienta otra vez hacia Cristo. Pues la Iglesia no ha de quedarse fuera de ese nuevo ímpetu que se necesita para los tiempos presentes. Reafirmar los valores de la compasión, en el sentido profundo de la palabra, y la solidaridad; valores que derivan de la creencia en la pertenencia a una misma humanidad. Machado nos recuerda que una verdadera educación en los valores fraternos cambiaría el fondo metafísico humano y nuestras percepciones e ideas. Ello requiere un ascesis, casi el heroísmo del fuerte que sabe hacerse más fuerte cuanto más «esgrime el látigo contra sí mismo», y más aún cuando siente como suyos los yerros ajenos.
Machado culmina su reflexión metafísica en estas líneas muy profundas de consideración hacia el prójimo, hacia el otro: «Nuestros yerros esenciales son hondos, y es en nosotros mismos donde los descubrimos. Si acusamos de ellos a nuestro prójimo... estableceremos con él una falsísima relación, desorientadora y descaminante... Cometemos dos faltas imperdonables: la antisocrática, no acompañando a nuestro prójimo para ayudarle a bien parir sus propias nociones, la otra, mucho más grave, anticristiana», es decir, la profunda ironía de Cristo hacia los lapidadores: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra».


lunes, 1 de abril de 2013

Mi pimer libro que compré con 15 años



Antonio Machado vs. Espasa-Calpe *
(Antonio Machado, Poesías completas, ed. de Manuel Alvar,
Madrid, Espasa-Calpe, 1997, Colección Austral)


Jordi DOMÉNECH
Antonio Machado en Espasa-Calpe

Antonio Machado tiene una larga tradición de publicaciones en Espasa-Calpe. Ya en 1919
publicó la segunda edición de Soledades, galerías y otros poemas en la editorial Calpe, en la
colección Universal, notable predecesora de la colección Austral. J. Deleito y Piñuela decía
en su reseña de la colección Universal publicada en La Lectura (n.o 239, noviembre 1920:
264-66):
Es positivo y excepcional el servicio que está prestando a la cultura española la casa Calpe
con sus medios poderosos de acción y divulgación científica y literaria [...].
La colección Universal es la más rica, variada y numerosa de las varias bibliotecas que da
a luz la casa Calpe, y por su índole popular, de divulgación, tanto como por su baratura,
es una digna continuadora de aquella Biblioteca Universal que inició al gran público en
el conocimiento de los mejores autores clásicos y modernos. Sólo que ésta de Calpe ofrece
mayor modernidad en su espíritu y su factura, presentando un tipo de libro manuable, li-
gero, elegante y de impresión clara y cuidadosísima, que aventaja en mucho a su precur-
sora.
La colección Universal, desde su aparición, en julio de 1919 [...], viene publicando veinte
números de unas cien páginas cada mes, a cincuenta céntimos número [...]. Así ha dado
al público en esos 16 meses la enorme suma de 320 números, que componen 134 obras
completas. [...]
La editorial cuenta con un cuerpo de excelentes traductores, que dan a los libros extran-
jeros puestos en castellano la impresión de ser originales, y con escritores expertos que
han revisado, depurado y anotado las obras clásicas de la colección.
Se extiende Deleito y Piñuela en la descripción de los autores y títulos publicados en la
colección Universal. Casi al final de su reseña menciona a Machado: «De nuestros poetas
modernos sólo figura hasta ahora Antonio Machado, con Soledades, galerías y otros poe-
* Artículo publicado originalmente en Ínsula, 622, octubre 1988, pp. 26-27, en el número mono-
gráfico «Austral: un capítulo en la historia de la cultura».
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, 1999
1
mas.» El librito de Antonio Machado fue, pues, de los primeros en aparecer en la colec-
ción, con el número 27, y se vendía al precio de 30 céntimos (85 páginas). Hacia 1920 se
haría una nueva edición del libro, con los mismos datos en portada y el mismo contenido,
pero impreso en los Talleres Calpe (93 páginas), y con el precio de 50 céntimos.1
La colección Universal se prolongaría hasta los años de la República, pero antes los herma-
nos Machado publicarían otro tomo en la misma colección (entonces ya de la empresa Es-
pasa-Calpe): la tragicomedia Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1928, no 1.046-
1.047; publicada ahora en la colección Austral, junto con Juan de Mañara, en edición de
Dámaso Chicharro Chamorro).
Antonio Machado publicó en Espasa-Calpe tres de sus cuatro ediciones de Poesías comple-
tas: la segunda edición en 1928, la tercera en 1933 y la cuarta —y última en vida de Anto-
nio Machado— en abril de 1936. Poco después de esta cuarta edición —y poco antes de
estallar la guerra— apareció también en libro en la misma editorial Juan de Mairena. Por
último, ya en plena guerra civil, en 1937 publicó en la editorial el libro La guerra (1936-
1937), con dibujos de José Machado.
Las ediciones de Poesías completas de Espasa-Calpe mantuvieron el diseño tipográfico esta-
blecido por Juan Ramón Jiménez en la primera edición del libro publicada por la Residen-
cia de Estudiantes en 1917, es decir, títulos de las poesías en versalitas y entre paréntesis,
etc. Es de destacar la elegante tipografía de estas ediciones de Poesías completas. La cuarta
edición, de 1936, además de ser la editio prínceps para las poesías completas de Machado,
destaca por su cuidada publicación: sólo 23 erratas evidentes he contado en esta edición,
porcentaje bajísimo que creo no ha sido mejorado por ninguna otra edición posterior de
este libro. Baste la comparación con las 53 erratas de las Poesías completas (1936) de la
edición de Macrì (1988)2 que es, no obstante, una de las ediciones de las Poesías completas
mejor corregidas tipográficamente y con menos erratas entre las publicadas en España des-
pués de la guerra (hay una edición de las Poesías completas, no voy a mencionar cuál, pero
de 1982, en la que conté la friolera de 126 erratas —alguna de tanto bulto como faltar
versos enteros—, además de otras tantas correcciones del editor, buena parte de ellas por lo
menos discutibles). Ya dijo Machado, en carta a Juan José Domenchina, que si las erratas
son la salsa de los libros, en poesía habría que servir la salsa aparte. Recomendación que
parece no va con los editores españoles.
1
Una exhaustiva descripción bibliográfica de los libros de Antonio Machado puede verse en
Jordi Doménech, «Ediciones de Antonio Machado (1903-1938)», Abel Martín. Revista de estudios
sobre Antonio Machado .
2
Antonio Machado, Poesías completas, edición crítica de Oreste Macrì con la colaboración de
Gaetano Chiappini, Madrid, Espasa-Calpe / Fundación Antonio Machado, 1988.
2
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, 1999
En torno a Poesías completas
Después de este excursus entre bibliográfico y pintoresco, vamos a las Poesías completas de
Antonio Machado (de 1917, 1928, 1933 y 1936). Lo primero que hay que decir de las Po-
esías completas es que es un libro con entidad propia, y como tal hay que considerarlo, y no
como una mera recopilación de libros publicados anteriormente, por más que los títulos de
algunas secciones en las que se divide el volumen coincidan con los títulos de libros suyos
anteriores. Esto parece tan obvio que incluso da vergüenza decirlo.
Lo segundo que llama la atención es el propio título: Poesías completas; título abstracto y
aparentemente anodino, pero que sin embargo dice mucho sobre el libro y sobre las inten-
ciones poéticas de Machado en 1917. Hoy en día estamos acostumbrados a que alguien,
incluso aún joven, reúna en un tomo sus obras completas. Pero que alguien, en 1917, a sus
apenas 42 años de edad, publicara un tomo de Poesías completas, era algo insólito. He revi-
sado la bibliografía entre 1900 y 1917 y no he hallado un caso similar. La conclusión que
se deriva de aquí cae por su propio peso: de algún modo, con sus Poesías completas Antonio
Machado dio carpetazo a su actividad poética. Esta conclusión es coherente con el fracaso
de su proyectado libro Tierras de España y con el complejo devenir de Machado en los difí-
ciles años que van de 1912 a 1917.3
Una confusión de la crítica machadiana, que ya parece crónica, es tomar como ediciones
«definitivas» de los libros de Machado las correspondientes secciones homónimas de las
Poesías completas (1936). Desde Soledades. Galerías. Otros poemas (1907) a Nuevas cancio-
nes (1924), pasando por Campos de Castilla (1912), tradicionalmente los editores de Ma-
chado no publican estos libros tal como aparecieron, sino las secciones homónimas de Po-
esías completas (1936). Recientemente, Geoffrey Ribbans, por ejemplo, en su por otra par-
te excelente edición de Campos de Castilla,4 aunque ha tenido el buen criterio de rotular el
libro Campos de Castilla (1907-1917) —señalando así de entrada que lo que se publica es la
sección «Campos de Castilla» de PC4, cosa que no han tenido la amabilidad de indicar has-
ta ahora los editores de los libros de Machado—, afirma sin embargo que no discrepa con
el juicio que considera la sección «Campos de Castilla» de PC4 como el «texto definitivo»
de este libro. Francamente, creo que sería muy difícil fundamentar ese tipo de considera-
ciones. Para empezar, no recuerdo que Antonio Machado afirmara nada en este sentido.
Podrá parecer obvio, pero salvo en el caso de que Antonio Machado hubiera dicho otra
cosa, en principio no hay más «texto definitivo» de Campos de Castilla, como tal libro, que
el de la edición de 1912; ni de Nuevas canciones que el de 1924, etc., etc. Otra cosa son las
3
Véase Jordi Doménech, «Sobre la publicación de Campos de Castilla», Ínsula, 594, junio 1996,
y «Más sobre Tierras de España, de Antonio Machado», Ínsula, 606, junio 1997. Cf. también mi
artículo en preparación, «Poesías completas (1917) de Antonio Machado: cementerio de proyec-
tos», en el que paso revista a la historia de la publicación de aquel libro y a los críticos años de
1912-1917.
4
Antonio Machado, Campos de Castilla (1907-1917), edición de Geoffrey Ribbans, Madrid, Cáte-
dra, 1997.
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, 1999
3
exigencias editoriales que, evidentemente, no pueden publicar la menguada edición de
1912 de Campos de Castilla (que daría poco más de 68 páginas si se publicara en formato
de edición corriente). Pero ese inconveniente tiene otras soluciones que las de tomar el
rábano por las hojas.
Todas estas cuestiones podrán parecerles a más de uno nada más que sutilezas filológicas,
pero todavía en 1982 Antonio Fernández Ferrer5 reseñaba casi como primicia, como quien
ha descubierto la Luna, el contenido exacto de la edición de 1912 de Campos de Castilla:
sólo 18 poesías, y no las 56 poesías de la sección de 1936 a las que estaba habituado el
lector del libro de Machado; y si Fernández Ferrer dedicaba buen número de páginas a des-
cribir el contenido del libro de 1912 es porque la mayor parte de lectores ignoraba dicho
contenido, y si lo ignoraba es gracias a la ausencia de «sutilezas filológicas» con que se han
venido publicando incluso las obras de nuestros clásicos.
La edición de Austral
En su edición de las Poesías completas publicadas en la colección Austral,6 Manuel Alvar ha
tenido el acierto de seguir la edición de Macrì. Ya se ha dicho que la de Macrì es, por lo
que toca a erratas, una de las ediciones más limpias de las Poesías completas de Machado, y
Manuel Alvar ha corregido en la suya los escasos gazapos que deslucían aquélla (aun así, se
ha deslizado alguna errata de la edición de Macrì, como en la CLXI xcvii, «Cuida de que no
se entere / la cucaña seca / de tus ojos verdes», en lugar de «de tus hojas verdes»). Ahora
bien, la edición de Austral mejora infinitamente las publicadas anteriormente en la misma
colección, e incluso la de Macrì, y es, hasta donde he podido comprobar, la más fidedigna
con que cuenta el lector de Machado, cosa que sin duda es de agradecer en una edición
destinada a la más amplia difusión.
La parte más floja de la edición de Austral es la de las tradicionalmente mal llamadas «poes-
ías sueltas», es decir, de las no recogidas en PC4. Manuel Alvar sigue aquí también la edi-
ción de Macrì, aunque reordenando el conjunto. Mala guía ha seguido el editor en esa par-
te. La sección de poesías dispersas de Macrì es ciertamente confusa y hasta caótica en mu-
chos lugares, quizá debido al hecho de que Macrì no vio los originales donde se publicaron
esas poesías (revistas, periódicos...), tomándolas de republicaciones posteriores de otros
críticos y editores, con todos los problemas que ello conlleva. Para rematarlo siguió el cri-
terio, desacertado, de dar prioridad a lo recogido en el cuaderno de «Los complementarios»
sobre lo publicado en revistas, olvidándose de que aquel cuaderno es un simple borrador, y
con el resultado de desmembrar algunas interesantes series de poesías (como las publicadas
5
Antonio Fernández Ferrer, Campos de Castilla. Antonio Machado, Barcelona, Laia, 1982, Guías
Laia de literatura.
6
Antonio Machado, Poesías completas, edición Manuel Alvar, Madrid, Espasa-Calpe, 1997, Co-
lección Austral, 33.
4
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, 1999
en Los Lunes de El Imparcial o la revista Alfar), de las que Macrì da la versión del cuaderno
de apuntes, y no la serie efectivamente publicada, que además queda huérfana.
Mayor problema ofrecen las poesías de la guerra, muchas de ellas republicadas fuera de
España después de la muerte de Machado con notables enmiendas, y ésas son las versiones
que desafortunadamente tomó Macrì para su edición. V.gr.: la poesía «A Rusia», publicada
en Liberación, 20 diciembre 1937, cambió su título por «Voz de España. A los intelectuales
de la Rusia soviética» en una Antología de guerra publicada en La Habana, en 1944, de don-
de la tomó Aurora de Albornoz y de ella todos los editores posteriores; la poesía titulada
«Canción» y publicada en Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura, mayo 1938, nunca
llevó título más que en la versión de Romance, México, 1940; la famosa poesía «El crimen
fue en Granada», entre los muchos periódicos donde fue publicada, Macrì tuvo la mala
fortuna de tomarla de la edición de Emilio Prados, único lugar donde figura con una la-
mentable errata, en el v. 32: «Se le vio caminar...», en vez de «Se les vio caminar...»; «Medi-
tación del día», publicada en el libro de Antonio Machado La guerra, no es título de la po-
esía, sino del texto en prosa que la poesía encabeza; etc., etc.
Completa el libro de Poesías completas de la colección Austral un interesante «Apéndice» a
cargo de la profesora María Pilar Celma, que incluye una sección de «Documentación com-
plementaria», una cronología y un «Taller de lectura». María Pilar Celma ha tenido el acier-
to de abrir la documentación complementaria con la sublime e impresionante semblanza
de Machado que escribió Juan Ramón Jiménez, sin exageración la mejor página escrita en
castellano en ese siglo.
En apretada conclusión, el lector tiene en sus manos una edición del libro Poesías comple-
tas (1936) de Antonio Machado notablemente fidedigna, muy cercana a un facsímil de la
cuarta edición, que no es poca cosa, con un útil «Apéndice», y una sección de poesías dis-
persas que esperan aún pacientemente su editor.
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado
Fecha de publicación: 1999
URL del documento: http://www.abelmartin.com/critica/domenech_EC.html
Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, 1999 
5

domingo, 3 de marzo de 2013

Rendir Homenaje a Don Antonio Machado





JOAN MANUEL SERRAT Dedicado a Antonio Machado, poeta 1969



En Collioure



    


Dedico este Disco a Marie García con todo cariño.

viernes, 28 de octubre de 2011

sábado, 20 de noviembre de 2010

LA PALABRA MÁS TUYA


Para Aurora con cariño, agradecimiento y "desearle todo lo mejor", que menos que regalarle los discos de Paco Ibañez, Cantautores por la libertad, y los discos de La palabra más tuya, dedicados Miguel Hernández en su Centenario y a Antonio Machado. Has hecho tanto por mi Aurora
Un beso
F.J.

sábado, 30 de octubre de 2010

CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-2010)

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ
EN SU CENTENARIO
30-OCTUBRE-2010

MENOS TU VIENTRE

Menos tu vientre

todo es confuso.

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.

Menos tu vientre
todo es oculto,
menos tu vientre
todo inseguro,
todo es postrero
polvo sin mundo.

Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre
claro y profundo.

Miguel Hernández.

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO.

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Miguel Hernández.