Antonio Machado

Antonio Machado

jueves, 14 de enero de 2021

LOS DIAS AZULES


 

domingo, 6 de septiembre de 2020


 


Combatir la ignorancia.

 

 

Antonio Machado no solo quería que sus alumnos leyeran libros, sino que aprendieran del cielo y sus estrellas, del mar y sus estelas, del campo y sus filósofos “Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuánto nosotros sabemos”, escribió el poeta. Siempre vengativo y cruel, el franquismo expulsó en 1941 a Antonio Machado del cuerpo de catedráticos de instituto. Lo expulsó post mortem porque Machado había fallecido dos años atrás en la localidad meridional francesa de Collioure, huyendo, precisamente, del último empujón triunfal de las tropas franquistas. Machado fue un inmenso poeta, uno de los más grandes del siglo XX español, y, a la par, un maestro de profesión con una clarísima idea de lo que esto significa. Impartió clases de francés en institutos de Soria, Baeza, Segovia y Madrid con la voluntad expresa de despertar la curiosidad de sus alumnos por las cosas de este mundo, el natural y el cultural, y de estimular su espíritu independiente y crítico. Era un hombre bueno, desaliñado indumentariamente y gran fumador. Sus estudiantes le apodaban cariñosamente Manchado por la ceniza de los cigarrillos que le caía sobre la chaqueta. Discípulo de la Institución Libre de Enseñanza, Machado teorizó también sobre la pedagogía a través de su heterónimo Juan de Mairena. Si la poesía de Machado tiene sus raíces en la sabiduría popular andaluza y castellana, su visión de la enseñanza empieza por este viejo dicho de maestro que repetía a sus alumnos y recogió en su libro Proverbios y cantares: “Despacito y buena letra: / El hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Esa visión continúa con el consejo de no despreciar algo tan solo porque se ignora. Y puede concluir con aquello tan conocido de que se hace camino al andar, y su corolario: los que siempre dicen estar de vuelta es que nunca han ido a ninguna parte. Nació en Sevilla en 1875, en una de las viviendas de alquiler del palacio de las Dueñas. Su padre, Antonio Machado Álvarez, conocido como Demófilo, era abogado, periodista e investigador del folclore. Su abuelo paterno, Antonio Machado Núñez, médico, catedrático y entusiasta de la Institución Libre de Enseñanza. La Institución Libre de Enseñanza fue un proyecto pedagógico que, entre 1876 y 1936, promovió la regeneración moral, intelectual y social de España. Desarrollaba su labor educativa al margen del Estado y de cualquier dogma político y religioso, y sostenía que, además de instruirles, había que educar el carácter de los alumnos. Para ello introducía en España lo último en materia científica, promovía el deporte y las excursiones a los museos y al campo, prefería la evaluación continua al examen final y, en vez del castigo, estimulaba la participación del estudiante en los trabajos en las aulas. En 1883, Antonio Machado Núñez, el abuelo del poeta, ganó la oposición a una cátedra en la Universidad de Madrid, y allí se trasladó la familia al completo. El objetivo era que los niños pudieran estudiar en el primer centro abierto por la Institución Libre de Enseñanza. Así lo hizo Antonio Machado, teniendo como uno de sus profesores al rondeño Francisco Giner de los Ríos, alma de la Institución. A la muerte de Giner, en 1915, diría de él en un poema: “Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”. Machado seguiría soñándolo hasta su muerte. Machado siempre estuvo comprometido con el ideario de la Institución: combatir la ignorancia. En 1906 pasó de la teoría a la práctica, y, por consejo de Giner, preparó oposiciones a profesor de francés en Institutos de Segunda Enseñanza. Obtuvo su primera plaza el año siguiente, en Soria, entonces la capital de provincia más pequeña de España. Pasó allí un lustro, en el que aprendió a amar lo que llamó “lo esencial castellano”, y en el que se enamoró de la aún adolescente Leonor Izquierdo, con la que se casaría en 1909. Ella tenía 15 años y él 34. Tras la muerte por tuberculosis de Leonor en 1912, el desconsolado Machado solicitó el traslado a otra provincia y consiguió un puesto de profesor de gramática francesa en un instituto de Baeza. Pasó en la Salamanca andaluza siete años, durante los cuales entabló amistad con un joven poeta granadino llamado Federico García Lorca y estudió por libre filosofía y letras. En 1919 consiguió el traslado al instituto de Segovia que deseaba por la proximidad de esta ciudad con Madrid. Siempre corto de dinero, vivía en una humilde pensión, pero compensaba esta y otras estrecheces materiales con viajes a la capital de España, de cuya vida literaria y cultural se convirtió en un ilustre miembro. Tanto que en 1927 le eligieron para un sillón de la Real Academia Española, del que jamás llegó a tomar posesión. Explicaría su actitud en una carta a Miguel de Unamuno: “Es un honor al cual no aspiré nunca; casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo nunca. Pero Dios da pañuelo a quien no tiene narices...”. República de los maestros. En la obra literaria de Machado siempre estuvo muy presente su visión de la enseñanza. En un poema de 1903, conocido popularmente como Recuerdo infantil, ya había expresado su rechazo del estéril y aburrido modelo tradicional de enseñanza, con sus rutinas de disciplina y memorización: “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”. Pero fue a través de su heterónimo Juan de Mairena donde, en 1936, daría a conocer sus reflexiones filosóficas sobre la enseñanza y la vida. Editado por Espasa-Calpe, el libro en prosa Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo) reunía un conjunto de ensayos publicados por Machado en los diarios capitalinos Madrid Ilustrado y El Sol. Estos textos tienen en común el diálogo entre un imaginario profesor y sus alumnos sobre la política, el arte, la literatura, la educación y otros asuntos, un diálogo que igual emplea la máxima gravedad que el humor más desternillante. Por ejemplo, para reivindicar una escritura clara como el agua de la sierra, Juan de Mairena le dice a un discípulo: “Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.” / El alumno escribe lo que se le dicta. / —Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético. / El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”. / Mairena —No está mal”. Machado no solo respetaba a los niños y adolescentes, sino que pensaba que el maestro —y el sabio en general— jamás debían de traicionar al niño que él mismo había sido. En otro texto de Juan de Mairena, lo expresa así: “¿Cómo puede un maestro, o, si queréis, un pedagogo, enseñar, educar, conducir al niño sin hacerse algo niño a su vez y sin acabar profesando un saber algo infantilizado? Porque es el niño quien, en parte, hace al maestro (…). El niño nos revela que casi todo lo que él no puede comprender apenas si merece ser enseñado, y, sobre todo, que si no acertamos a enseñarlo es porque nosotros no lo sabemos bien todavía”. Heredero de cierta milenaria sabiduría grecorromana, la de Heráclito, Epicuro y Zenón, la de Séneca y Lucrecio, Machado quería que sus alumnos leyeran libros y también aprendieran del cielo y sus estrellas, del mar y sus estelas, del campo y sus filósofos. En un artículo sintetizaba así las ideas de Manuel Bartolomé Cossío, otro de sus profesores en la Institución Libre de Enseñanza, acerca de la necesidad de enviar a los mejores enseñantes a las escuelas rurales: “Pero no basta con enviar maestros; es preciso también enviar investigadores del alma campesina, hombres que vayan no solo a enseñar sino a aprender”. Y en otra ocasión, el poeta, que no confundía valor y precio, escribió esta frase concluyente: “Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuánto nosotros sabemos”. El día de la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, estaba en Segovia. Hombre de ideas liberales en el buen viejo sentido de la palabra, el prostituido por el derechismo contemporáneo, Machado fue requerido para ser uno de los que izaran la nueva bandera española en el balcón del ayuntamiento. Lo hizo con un gozo que recordaría con estas palabras: “¡Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el más puro lino de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia! (...) Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra república de la mano”. En el otoño de ese mismo año, la República le concedió a Machado el que quizá fuera su mayor deseo profesional: una cátedra de francés en Madrid, en el Instituto Calderón de la Barca. Y en el lustro siguiente, él fue absolutamente leal a aquel joven régimen que sería conocido como la República de los Maestros por su voluntad de impulsar la regeneración de España a través de la construcción de escuelas y las Misiones Pedagógicas. Pero, como su matrimonio con Leonor, ese periodo luminoso no duró mucho. “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”, había sentenciado Machado en sus Proverbios y cantares. El 18 de julio de 1936, las testas de los militares más cerriles y sus compinches eclesiásticos y civiles embistieron con fiereza a la joven República. Lo casi milagrosos, lo heroico, fue que la resistencia popular en Madrid, Barcelona y muchos otros lugares consiguiera que no triunfaran de inmediato. Pero, a lo largo del verano y el comienzo del otoño, los facciosos fueron aproximándose con codicia a Madrid, hasta llegar a cercarla en noviembre. De aquella ciudad hambrienta, bombardeada y resistente, la del ¡No pasarán!, escribiría Machado: “¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”. La brutalidad de la España negra El poeta y maestro se resistió todo lo que pudo a dejar la capital, pero al final tuvo que hacerlo. Se refugió primero en Valencia, luego en Barcelona. Y el 22 de enero de 1939, emprendió el que sería su último viaje, hasta la hermosa localidad francesa de Collioure, donde él y su madre se albergaron en el hotel Bougnol-Quintana. Allí murió Antonio Machado un mes después, el 22 de febrero. Su madre, de 85 años, le siguió dos días después. El cantautor Joan Manuel Serrat lo rescataría para la cultura popular española en 1969, con su álbum Dedicado a Antonio Machado: “Golpe a golpe, verso a verso... / Murió el poeta lejos del hogar. / Le cubre el polvo de un país vecino. / Al alejarse le vieron llorar. / Caminante no hay camino, / se hace camino al andar...” Aún vivía y gobernaba dictatorialmente el general Franco, pero, con aquel homenaje al poeta y profesor tan tristemente muerto en el exilio, Serrat anunciaba que la luz terminaría regresando a “ese lugar donde los bosques se visten de espinos”. Y regresó. En 1981, ya muerto Franco, Antonio Machado fue rehabilitado oficialmente como catedrático del Instituto Cervantes de Madrid, el último puesto docente de su vida. Está bien, sin embargo, que Machado siga enterrado en Collioure. Para que no olvidemos jamás lo brutal que puede ser la España negra con compatriotas tan preclaros como él y García Lorca. Y, además, su tumba en Collioure es hermosa, siempre está fresca de ramilletes de flores, banderas republicanas y mensajes escritos. Ante ella me recogí un día del verano de 2018 y me pregunté qué diría el maestro de la España de hoy. Concluí que probablemente repetiría lo que escribió una vez: “Creo más útil la verdad que condena el presente, que la prudencia que salva lo actual a costa siempre de lo venidero”.


domingo, 7 de abril de 2019

A Leonor






CXXII


                 Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!...


Antonio Machado.


domingo, 24 de marzo de 2019

Poema

  






Al borrarse la nieve. Se alejaron
Los montes de la sierra.
La vega ha verdecido
al  sol de abril, la vega
tiene la verde llama,
la vida, que no pesa;
y piensa el alma en una mariposa,
atlas del mundo, y sueña.
             Antonio Machado






sábado, 23 de marzo de 2019

Antonio Machado en el andén del exilio

El pueblo francés de Collioure conmemora el 80º aniversario de la muerte del poeta sevillano. Su tumba es un icono de la memoria republicana


16 FEB 2019

Antonio Machado, visto por Sciammarella.
El 28 de enero de 1939 a las 17.30 se bajaron en la estación de Collioure cinco personas que media hora antes se habían subido al tren en Cerbère, el primer pueblo de la costa francesa por el lado oriental de los Pirineos. Eran Antonio Machado, su madre —Ana Ruiz—, su hermano José, la esposa de este —Matea Monedero— y el escritor Corpus Barga, que los había ayudado a salir de la ratonera en que se había convertido el paso fronterizo de Els Balitres, atestado de refugiados que huían de las tropas franquistas.
El jefe de estación de Collioure era un joven llamado Jacques Baills al que le preguntaron si había cerca un hotel. Baills les indicó el mismo en el que se alojaba él, el Bougnol-Quintana, a 10 minutos a pie siguiendo una avenida en dirección al mar. Mientras Matea cargaba el poco equipaje que les había quedado, José ayudaba a su hermano Antonio, que caminaba a duras penas. Padecía del corazón y tenía asma: mal panorama para un fumador empedernido que había pasado horas bajo la lluvia. Tenía 64 años, parecía un viejo. Tiempo antes había escrito a un amigo que se sentía así: viejo y enfermo. Viejo porque pasar de los 60 “son muchos años para un español”. Enfermo porque sus “vísceras” se habían “puesto de acuerdo para no cumplir su función”. Su madre, agotada, le sacaba 20 años. Cuando Corpus Barga la tomó en brazos —“pesaba como una niña”, recordará luego—, la anciana le formuló al oído una pregunta ya convertida en símbolo: “¿Llegamos pronto a Sevilla?”.
El domingo 27 de enero, cuando faltaba un día para que se cumplieran 80 años de aquella escena, se descubrió una placa en recuerdo de aquel viaje. La compañía francesa de trenes no permite en sus instalaciones inscripciones ajenas al ferrocarril y la placa tuvo que colocarse provisionalmente en la caseta de electricidad del aparcamiento. Lo cuenta delante de ella Jacques Issorel, autoridad mundial en la etapa final de Machado y autor del libro Últimos días en Collioure, 1939 (Renacimiento).
Marsellés de 78 años y profesor emérito de Literatura en la Universidad de la vecina Perpiñán, Issorel conoció en 1972 a Jacques Baills, que tenía 27 años el día que se encontró con los Machado y nunca pudo olvidar aquel momento. “Imagínate, fue el encuentro de su vida”, cuenta Issorel camino de la placette —oficialmente, Place Géneral Leclerc—, sembrada de plátanos imponentes con ramas que parecen muñones. “Baills no era un hombre de gran cultura, pero tenía inquietudes: coleccionaba sellos y había estudiado español. Por eso reconoció a Machado. Cuando vio su nombre en el registro del hotel Quintana y al lado la palabra "profesor", recordó unos versos que tenía copiados en su cuaderno de español. Le preguntó si era el poeta y él le dijo que sí. Desde entonces se vieron con frecuencia”.
El profesor Issorel conoció también a Juliette Figuères, la dueña de la mercería de la placette. Allí recalaron los Machado preguntando por el hotel, al otro lado del Douy, un riachuelo cuyo cauce, seco, se usa ahora como una calle más. Aquella tarde madame Figuères les preparó café y, días más tarde, les prestó dinero para que compraran sellos y pudieran escribir a las hijas de José, enviadas a la Unión Soviética. También regaló una camisa a cada hermano. Hasta entonces, los días de colada bajaban por separado a comer: compartir la única que tenían mientras se secaba la otra. Fue ella la que cosió la bandera que cubrió al poeta el día de su muerte. Fue el 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, horas antes de que llegase la carta de la Universidad de Cambridge ofreciéndole el puesto de lector.
Si Antonio Machado salió poco del Quintana, hoy su ruta en Collioure es un paseo de minutos: la estación, la mercería (convertida en tienda de “vinos de autor”), el hotel (cerrado), el castillo en el que estaban confinados los soldados españoles que portaron su ataúd y, por supuesto, el cementerio. Cinco banderas republicanas, varios ramos de flores, un bajorrelieve con la efigie del poeta, tres placas y dos folios con sendos poemas adornaban el martes pasado su tumba, la primera que se ve al entrar en el camposanto. No siempre estuvo ahí. Hasta julio de 1958 sus restos ocuparon un nicho cercano cedido por una amiga de la señora Quintana. Cuando la familia necesitó ese nicho, el poeta fue trasladado al lugar definitivo después de que el Ayuntamiento de Collioure regalara el terreno y un comité al que pertenecía Baills promoviera una colecta a la que contribuyeron, entre muchos otros, Albert Camus, René Char, André Malraux y Pau Casals. El músico, recuerda Issorel, estaba por entonces en Prades, a una hora de aquí, y se ofreció a tocar en el segundo sepelio: “Como la familia no quería actos públicos, Casals vino a las pocas semanas y tocó el violonchelo con el cementerio vacío”. Meses después, en el invierno de 1959, coincidiendo con el 20º aniversario de la muerte de Machado, serían los escritores de la generación de los cincuenta —de Gil de Biedma a Caballero Bonald, pasando por Ángel González— los que peregrinarían a Francia para rendir homenaje al maestro poético de la posguerra y, de paso, promocionarse como generación. Las fotos de aquel día se repiten en los libros de historia de la literatura, pero en Collioure nada hace sombra al homenajeado. “Casi nadie se acuerda aquí”, explica Issorel, “de la visita de los poetas del cincuenta”.
Los pueblos de los Pirineos franceses conmemoran algo que nombran en español: la retirada
La tumba de Machado está siempre tapizada de flores y papeles, versos suyos y ajenos, dibujos y cartas de lo más variopinto: exvotos para un santo laico. En 1980 se instaló un buzón en la tumba para evitar que los papeles se dispersaran y ahora forman parte del Fondo Documental Palabra en el Tiempo que se custodia en la flamante mediateca del pueblo, inaugurada en septiembre pasado en frente del hotel Quintana y bautizada, cómo no, con el nombre del poeta andaluz. En el último piso tiene su sede la Fundación Antonio Machado de Collioure (FAM), creada en 1977. Son los dominios de Jacques Rodor, tesorero, que abre con orgullo el archivador con las 32.000 piezas recogidas en estas cuatro décadas y cuyo estudio está en manos de la Universidad de Alcalá de Henares.
El traslado de 1958 se aprovechó para colocar en la misma tumba a la madre del poeta, que murió 72 horas después que su hijo y reposaba hasta entonces en la zona del cementerio destinada a los pobres. También las autoridades franquistas aprovecharon el momento para pedir que los restos de Machado fueran llevados a España. La familia, desde el exilio en Chile, se negó. Lo mismo hicieron sus representantes en Francia cuando en 1966, Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo de Franco, volvió a la carga. Cada febrero, la FAM celebra una jornada de homenaje el domingo más próximo al 22 de febrero. Este año será el 24. En 2014 acudió a los actos un representante de la Junta de Andalucía que insinuó que su ilustre paisano debería descansar en Sevilla. “La propuesta fue discreta”, recuerda Jacques Issorel, “pero la reacción fue claramente hostil”. Él comparte esa reac­ción: “Esta tumba no es solo la de un gran poeta, es el símbolo del éxodo de la España republicana”. Lo mismo opina Joëlle Santa-García, nacida en Elche hace 56 años, emigrada con sus padres en los años sesenta, profesora de español en un instituto de Perpiñán y presidenta de la FAM desde hace seis años. “Antonio Machado es el portavoz de esos 500.000 españoles que, como él, tuvieron que dejar su país”, sostiene. “Desplazar su sepultura sería negársela simbólicamente a quienes no tienen su fama”.

“La patria de Machado es su tumba en Collioure”, dice tajante Serge Barba citando a Oriol Ponsatí-Murlà, profesor de la Universidad de Girona, que durante aquella jornada machadiana de 2014, 75º aniversario del éxodo, glosó en una conferencia la definición de patria de Diderot y D’Alembert: no es el lugar donde nacimos sino donde somos libres. Barba ha recogido esa intervención en el volumen bilingüe Collioure… Los días azules de Antonio Machado, recién coeditado por la FAM y la editorial rosellonesa Trabucaire. Tomando el título del celebérrimo último verso del poeta —“Estos días azules y este sol de la infancia”—, el libro recopila textos e imágenes sobre el autor sevillano y sobre el pueblo que lo acogió firmados por autores como Louis Aragon, Joan Manuel Serrat, Mercedes Cuesta, Monique Alonso y, por supuesto, Jacques Issorel.
“En Francia la memoria histórica no está politizada”, afirma el historiador Serge Barba, hijo de exiliados
A ese recopilatorio se sumará la semana que viene Los últimos caminos de Antonio Machado (Espasa), del hispanista Ian Gibson, que ya en 2006 firmó Ligero de equipaje, la biografía de referencia del autor de Soledades. Por su parte, la Universidad de Zaragoza acaba de publicar‘La herencia de’ Antonio Machado, un estudio de Jesús Rubio Jiménez sobre las “apropiaciones” del “gran poeta cívico español del siglo XX”. Rubio Jiménez se extiende entre 1939 y 1970. Quince años más tarde nació la autora cordobesa Elena Medel, que en 2005 consagró a Machado el ensayo El mundo mago (Ariel), nacido de su interés por “una poesía comprometida que no sea explícita”, explica. “En su obra, por ejemplo, el paisaje tiene un sentido político”. Al otro lado del Atlántico, en la Universidad de Iowa, el poeta granadino Luis Muñoz ultima estos días una aproximación a la estética machadiana que busca, sostiene, limpiarlo de “hagiografía” y subrayar lo que tiene de “furia cordial” y de “modernidad sin modernolatría”. Buscaba “una renovación desde los cimientos de los valores individuales y colectivos que conservase un lazo con lo clásico”.
“Profeta ni mártir / quiso Antonio ser. / Y un poco de todo lo fue sin querer”, dice Serrat en la antología preparada por Serge Barba, que reconoce que la figura de Machado ha servido de altavoz a la estampida que en 1939 llevó a 500.000 españoles a atravesar la frontera. Los franceses lo conocen con una palabra sin traducir —Retirada— omnipresente este año en el departamento de los Pirineos Orientales, cuyo Gobierno ha publicado un programa de actos de 24 páginas. Barba presidió hasta 2009 la asociación FFREEE (Fils et Filles de Républicains Espagnols et Enfants de l’Exode), que ha impulsado decisivamente el recuerdo del exilio español. “A rendirle homenaje a Machado siempre ha venido gente”, explica Barba, “pero en los últimos años la historia de la Retirada se ha popularizado en toda la región”. No quiere, sin embargo, comparar el estado de la memoria histórica a ambos lados de la cordillera aunque subraya que la Generalitat de Cataluña hace un buen trabajo: “80 años después, en Francia se ha olvidado lo malo. Hoy es fácil arrepentirse del maltrato del 39 a los refugiados, de las alambradas, los campos de concentración… Mientras aquí el tema no está politizado, en España la oposición criptofranquista sigue a lo suyo. Pero bueno, los exiliados vinieron a este lado”. Entre ellos estaban sus padres, una sevillana y un murciano emigrados a Barcelona que huyeron a Francia al final de la Guerra Civil. Al llegar fueron separados y recluidos en distintos lugares. Cuando su madre supo que su marido había conseguido salir del campo de Saint-Cyprien para instalarse en Elne, se reunió con él. En 1939 una joven maestra suiza había fundado en ese pueblo una maternidad para evitar que las mujeres diesen a luz en condiciones inhumanas en los campos de refugiados de la costa. Allí nació Serge Barba en 1941, el mismo año en que la Comisión Depuradora del Ministerio de Educación franquista despojaba póstumamente a Antonio Machado de todos sus derechos como funcionario.

A siete kilómetros al norte de Collioure, los jubilados pasean por el puerto de Argelès. En el pueblo hay un centro memorial y un cementerio de los Españoles en la avenida de la Retirada. Ya en la playa, un monolito recuerda que hace 80 años improvisaron sobre la arena un campo de concentración por el que pasaron 100.000 personas. “Su desgracia:”, se lee en la inscripción, “haber luchado para defender la democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939”. Y termina: “Hombre libre, recuérdalo”.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Antonio Machado Y La Unión Soviética


Como suele pasar en un mundo cultural subyugado por la clase capitalista, la cultura se usa como plataforma para lograr la hegemonia ideológica entre los dominados, usando para ello cualquier método, ya sea la mentira o, igualmente, la censura total o parcial de un autor o de parte de su obra.






Antonio Machado es, si cabe, uno de los genios de nuestra lengua más manipulados por las mafias editoriales y mediáticas de nuestro país. Vendido como el vate de Castilla, el reflexivo poeta o el hacedor de nuevos romances,  la biografía y militancia del gran poeta son, en realidad, mucho más ricas de lo que nos cuentan, siendo su vida ejemplar, comprometida, víctima de la tijera del censor que hoy actua de forma taimada pero eficaz.

Por ejemplo, una faceta de Antonio Machado que el capital oculta convenientemente es su defensa activa del acercamiento a la Unión Soviética. Además de que fue un convencido republicano y antifascita, lo que hizo que huyera tras el triunfo fascista en España en 1939 a la Francia donde murió poco despues,, lideró, durante los tiempos de gobierno del Frente Popular, una organización, fundada en febrero de 1933 y domiciliada en la Gran Vía de Madrid, denominada: “Asociación de Amigos de la Unión Soviética“ .

La declaración de intenciones de aquella  agrupación, similar a las creadas por toda Europa por los militantes comunistas y simpatizantes, era: “No tendremos más programa ni más bandera que decir y ayudar a conocer la verdad sobre la URSS, combatiendo con las armas de la verdad la mentira, la calumnia y la deformación”.

Tanto es así que el autor del famoso "caminante no hay camino, se hace camino al andar", no dejó en sus últimos años de vida de caminar siempre en contra de la bestia nazi, de subrayar el papel decadente del capitalismo en sus últimas fases y de tratar, incluso, a figuras demonizadas como la de Stalin con simpatía y raciocinio.

Así en sus escritos sobre la guerra, recopilados en La Guerra. Escritos: 1936-39, da argumentos muy interesantes y clarificadores sobre las causas de la guerra española o, de paso, aunque solo la intuyera por su anticipado fallecimiento en el exilio francés, de la futura guerra mundial, además de otros acerca de las siniestras similitudes entre fascistas y capitalistas y, por su puesto, en defensa de la Revolución Soviética, de la Rusia revolucionaria y de, incluso, el camarada Stalin, denostado y objeto ya en su época de campañas criminalizadoras que se intensificarían mucho más tras la victoria del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial.

Por ejemplo, opina sobre el papel ridículo y vergonzoso de la Sociedad de Naciones, en relación a su defensa de la No Intervención en la Guerra Civil Española, del mismo modo que en su papel ambiguo en el rechazo a las ambiciones italoalemanas en el periódo interbélico, en un evidente apoyo encubierto a las potencias fascistas (que, en España, fueron el verdadero motor de las tropas de Franco). Machado escribe: "Reparemos en su actuación desdichada en la Sociedad de Naciones, convirtiendo una institución nobilísima, que hubiera honrado a la humanidad entera, en un órgano superfluo, cuando no lamentable, y que sería de la más regocijante ópera bufa si no coincidiese con los momentos más trágicos de la historia contemporánea"

Y  de esa humillación de las potencias capitalistas ante el fascismo y sobre este, afirma que: "Ellos no invocan la abrumadora tradición de cultura de sus grandes pueblos respectivos: la declaran superflua; proclaman, en cambio, una voluntad ambiciosa, un culto al poder por el poder mismo, un deseo arbitrario de avasallar al mundo, que pretenden cohonestar con una ideología rancia, cien veces refutada y reducida al absurdo por el solo hecho de la guerra europea. Roma y Berlín son hoy los pedestales de esas dos figuras de teatro, abominables máscaras que suelen aparecer en los imperios llamados a ser aniquilados, por enemigos del género humano. La historia no camina al ritmo de nuestra impaciencia. No vivirá mucho, sin embargo, quien no vea el fracaso de esas dos deleznables organizaciones políticas que hoy representan Roma y Berlín".

También son ilustrativos sus comentarios acerca de Rusia (tanto en materia cultural e histórica como política) que, según él, aunque muestra el puño cerrado, la mano está abierta al mundo: "la Rusia actual, la Gran República de los Soviets, va ganando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación, de un propósito de justicia"

Evidentemente, los comentarios del genio literario de las letras españolas no gustaban ni gustan en demasia a los que, como diría el propio Machado,"son luces mortecinas",  entre otras cosas porque su preclara mente unía en el mismo paquete a capitalistas y fascistas, pues en el fondo no son más que dos caras de la misma bestia inhumana: "Londres, París, Berlín, Roma son faros intermitentes, luminarias mortecinas que todavía se transmiten señales, pero que ya no alumbran ni calienta, y que han perdido toda virtud de guías universales".




Machado también habla de marxismo con bellas y enriquecedoras palabras, hablando de Rusia, país donde éste se ha convertido en un proyecto político, opinando que "....el marxismo tiene para Rusia, como para todos los pueblos del mundo, un valor instrumental inapreciable. El marxismo contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la economía de todos los pueblos occidentales (...) Mi tesis es ésta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista, pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia en donde parece hablar a nuestro corazón".

Por último, antes de dejar hablar al maestro sevillano, siempre del lado de la humanidad, tal y como solo puede hacer alguien que sabe que la cultura ha de ser ante todo a favor del ser humano o no lo es, y que a ello se dedica, Machado también comenta la estupidez del miedo extendido por los que tienen como cometido vivir del trabajo ajeno y de las riquezas de otros pueblos, a la dictadura del proletariado, como sustituta de la que no es más que la dictadura de los capitalistas, sea cual sea su formato, democrático-burgués o abiertamente fascista; incluso se atreve,  ante el horror de los editores de ese mundo de la cultura-mercancía y de sus amos de las corporaciones, a defender a Stalin:  "En cuanto a la dictadura del proletariado, ¿por qué nos asustan tanto las palabras? Si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos en el mundo del trabajo, cuando el del capital es --por definición aceptada-- el de las viejas ratas que corroen la nave? La lógica sigue siempre del lado de Stalin. ¿La lógica nada más?"

Comentando la entrevista que le hizo H.G. Wells en 1934 al camarada, Machado es contundente:  "De aquello que se desmorona hay que esperarlo todo menos una transformación; porque si fuera capaz de transformarse, claro está que de ningún modo se desmoronaría. Sustituir, construir y ayudar a caer: tal es lo esencialmente revolucionario para Stalin. La historia de todas las revoluciones le da la razón ampliamente". 

En los dos artículos que compartimos a continuación, escritos en los años en los que esas "ratas" de las que habla Machado intentaban roer el barco de España con sus ejércitos y mentiras, el gran poeta y amigo del pueblo deja correr la pluma libremente hablando de la cultura rusa (con interesantes comentarios sobre Tolstoi o Dostoyeveski), sobre la Rusia comunista, Lenin y la Revolución,  acerca de Stalin y, en definitiva, del futuro de la humanidad en tiempos en el que el capitalismo en decadencia y su fruto el fascismo intentaban empujarla a las tinieblas, desmintiendo y desnudando a los mercenarios de la cultura que, como es lógico, esconden sus palabras precisamente para ocultar las obvias conclusiones del poeta:

"Mi tesis es ésta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista, pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia en donde parece hablar a nuestro corazón".




I
Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39. Ed. por Julio Rodríguez Puértolas y Gerardo Pérez Herrero. Madrid: Emiliano Escolar Editor, 1983

Nunca olvidaré unas palabras de Dostoyevski, leídas recientemente, pero que coinciden con la idea que hace ya muchos años me había yo formado del alma rusa: «Sí, hijo mío, te lo repito, yo no puedo dejar de respetar mi nobleza. Se ha creado entre nosotros, en el curso de los siglos, un tipo superior de civilización desconocido en otras partes, que no se encuentra en todo el universo: el hombre que sufre por el mundo». Como a nuestro Unamuno España, le dolía al ruso el mundo entero.


Dejando a un lado cuanto puede haber de jactancia y aun de prejuicio aristocrático en las citadas frases, que pone Dostoyevski en boca de un personaje de sus novelas, reparemos en que ellas expresan una esencialísima verdad ruso. ¿Y es ahí donde hemos de buscar la más honda raíz de la Rusia de hoy?




Como las grandes montañas cuando nos alejamos de ellas, la nueva Rusia se nos agiganta al correr de los años. ¿Quién será hoy tan ciego que no vea su grandeza? La proclaman sus mismos enemigos. Los millones de hombres con el escudo al brazo que militan contra la nueva Rusia nos dicen claramente con su actitud defensiva que es hoy Moscú el foco activo de la historia. 

Londres, París, Berlín, Roma son faros intermitentes, luminarias mortecinas que todavía se transmiten señales, pero que ya no alumbran ni calienta, y que han perdido toda virtud de guías universales.

Reparemos en la pobre idea que dan de sí mismas esas democracias que fueron un día el orgullo del mundo; veamos cuanto sale o se guisa en sus cancillerías, incapaces de invocar --siquiera sea a título de dignidad formularia-- ningún principio ideal, ninguna severa norma de justicia. Como si estuvieran vencidas de antemano, o subrepticiamente vendidas al enemigo, como si presintiesen que la llave de su futuro no está ya en su poder, apenas si tienen movimiento que no revele un miedo insuperable a lo que puede venir. Reparemos en su actuación desdichada en la Sociedad de Naciones, convirtiendo una institución nobilísima, que hubiera honrado a la humanidad entera, en un órgano superfluo, cuando no lamentable, y que sería de la más regocijante ópera bufa si no coincidiese con los momentos más trágicos de la historia contemporánea.

Reparemos en esos dos hinchados dictadores que pretenden asustar al mundo y a quienes Roma y Berlín soportan y exaltan. Ellos no invocan la abrumadora tradición de cultura de sus grandes pueblos respectivos: la declaran superflua; proclaman, en cambio, una voluntad ambiciosa, un culto al poder por el poder mismo, un deseo arbitrario de avasallar al mundo, que pretenden cohonestar con una ideología rancia, cien veces refutada y reducida al absurdo por el solo hecho de la guerra europea. Roma y Berlín son hoy los pedestales de esas dos figuras de teatro, abominables máscaras que suelen aparecer en los imperios llamados a ser aniquilados, por enemigos del género humano. La historia no camina al ritmo de nuestra impaciencia. No vivirá mucho, sin embargo, quien no vea el fracaso de esas dos deleznables organizaciones políticas que hoy representan Roma y Berlín.

Moscú, en cambio --resumamos en este claro nombre toda la vasta organización de la Rusia actual--, aunque salude con el puño cerrado, es la mano abierta y generosa, el corazón hospitalario para todos los hombres libres, que se afanan por crear una forma de convivencia humana que no tiene sus límites en las fronteras de Rusia. Desde su gran revolución, un hecho genial surgido en plena guerra entre naciones, Moscú vive consagrado a una labor constructora, que es una empresa gigante de radio universal.

La fuerza incontrastable de la Rusia actual radica en esto. Rusia no es ya una entidad polémica, como lo fue la Rusia de los zares, cuya misión era imponer un dominio, conquistar por la fuerza una hegemonía entre naciones. De esa vanidad, que todavía calienta los sesos de Mussolini, ese faquín endiosado, se curaron los rusos hace ya veinte años. La Rusia actual nace con la renuncia a todas las ambiciones del Imperio, rompiendo todas las cadenas, reconociendo la libre personalidad de todos los pueblos que la integran. Su mismo ejército, el primero del mundo, no sólo en número, sino, sobre todo, en calidad, no es esencialmente el instrumento de un poder que amenace a nadie, ni a los fuertes ni a los débiles, responde a la imperiosa necesidad de defensa que le imponen la muchedumbre y el encono de sus enemigos; porque contra Rusia militan las fuerzas al servicio de todos los injustos privilegios del mundo. Sus gobernantes no lo olvidan. La política de Lenin y Stalin se caracteriza no sólo por su alcance universal, sino también por un claro sentido de lo real, cuya ausencia es siempre en política causa de fracaso. Más la Rusia actual, la Gran República de los Soviets, va ganando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación, de un propósito de justicia. Esto es lo que no quieren ver sus enemigos, lo que muchos de sus amigos no han acertado a ver con claridad: el sentido generoso y fraterno, íntegramente humano, de todas las creaciones del alma rusa, el que impera en esa magnífica Unión de Repúblicas Soviéticas, cuyo vigésimo aniversario se celebrará en el año que corre.

Pero Rusia, la Rusia actual, que todos admiramos y que ilumina a muchos con sus potentes reflectores enfocados hacia el porvenir, no es, como algunos creen, un fenómeno meteórico e inexplicable, venido de otras esferas para asombro de nuestro planeta; no es, como piensan otros, una consecuencia asiática del pensamiento teutónico de Carlos Marx; no es, tampoco, un engendro de la Revolución de Octubre, ni mucho menos ha salido --la Rusia actual-- acabada y perfecta, de la cabeza de Lenin, como Minerva de la cabeza de Júpiter. No. A mi juicio no es nada de esto. Los viejos amigos de Rusia, los que conocíamos, antes de su gran Revolución y aun antes de la guerra mundial, algo de su admirable literatura --Dostoyevski, Turguénef, Tolstoy-- sabemos que, bajo el dominio despótico de los zares, estaban ya maduras las virtudes específicamente rusas sobre las cuales se asienta la Rusia de hoy. Aquellos libros que leíamos siendo niños, y que llegaban a nosotros, trasegados del ruso al alemán, del alemán al francés y del francés al español chapucero de los más baratos traductores de Cataluña, dejaban en nuestras almas, a pesar de tantas torpes decantaciones lingüísticas, una huella muy honda, nos conmovían más que nuestras mejores novelas contemporáneas --buena lección para meditar por nuestros culteranos deshumanizadores de arte literario. Y es que a través de la más inepta traducción de La guerra y la paz --por aducir un ejemplo ingente-- llega a nosotros, todavía, un mensaje del alma eslava, amplia y profundamente humano, que parece revelarnos un mundo nuevo. Entendámonos: nuevo con relación al mundo mezquino y provinciano de la moderna literatura occidental. En verdad, no es un mensaje literario éste que el alma rusa nos envía en sus obras maestras. Ni siquiera sabemos si las novelas de Tolstoy o Dostoyevski están bien o mal escritas en su lengua. Suponemos que lo estarán soberbiamente. Pero sabemos con certeza la mucha humanidad que contienen, la gran copia de vidas humanas, al margen de toda frivolidad, que en ellas se representan; sabemos que esas vidas humanas, las más humildes como las más egregias, parecen movidas por un resorte esencialmente religioso, una inquietud verdadera por el total destino del hombre. Bajo la férula de su imperio despótico, de espíritu más o menos tártaro o mongólico, al margen de su Iglesia fosilizada en normas bizantinas, el alma eslava ha captado, ha hecho suyas las más finas esencias del cristianismo. Sólo el ruso, a juzgar por su gran literatura, nos parece vivir en cristiano, quiero decir auténticamente inquieto por el mandato del amor de sentido fraterno, emancipado de los vínculos de la sangre, de los apetitos de la carne, y del afán judaico de perdurar, como rebaño, en el tiempo. Sólo en labios rusos esta palabra: hermano, tiene un tono sentimental de compasión y amor y una fuerza de humana simpatía que traspasa los límites de la familia, de la tribu, de la nación, una vibración cordial de radio infinito.

Roma contra Moscú, se dice hoy; yo diría mejor: Roma y Berlín, las dos fortalezas paganas, la germánica y la latina, del cristianismo occidental contra el foco del cristianismo auténtico. Pero Roma y Berlín --Berlín sobre todo-- militan contra Moscú hace ya tiempo. En los momentos de mayor auge de la literatura rusa, hondamente cristiana, el semental humano de la Europa central lanza por boca de Nietzsche su bramido de alarma, su terrible invectiva contra el Cristo viviente en el alma rusa, su crítica corruptora y corrosiva de las virtudes específicamente cristianas. Bajo un disfraz romántico, a la germánica, aquel pobre borracho de darwinismo escupe al Cristo vivo, al ladrón de energías, al enemigo, según él, del porvenir zoológico de la especie humana, toda una filosofía tejida de blasfemias y contradicciones. Nietzsche contra Tolstoy. ¿Por qué no decirlo, en esta época de gruesas simplificaciones, a la teutónica?

Cuando en el año 14 estalla la guerra, Berlín embiste contra Moscú con la mitad de su cornamenta, y hubiera embestido con toda ella sin la obsesión de París, que le embargaba la otra mitad. Y es el imperio de Pedro el Grande lo que se viene abajo, la gran coraza que ahogaba el pecho ruso, lo que salta en pedazos. Moscú, considerado como hogar simbólico del alma rusa, ha quedado intacto y libre.

Libre, en efecto, de su imperio y de su Iglesia, instrumentos férreos que atenazaban el corazón de Rusia. Fuerzas autóctonas, las de su gran Revolución que se gestaba hacía ya mucho tiempo, colaboraron desde dentro con los cañones germanos que atacaban desde fuera.

Y volvamos a la Rusia actual, la Rusia soviética, que dice profesar un puro marxismo. El fenómeno parece extraño. La historia es una caja de sorpresas, cuando no un ameno relato de lo pretérito, o como decía Valera, aludiendo a la filosofía de la historia: el arte de profetizar lo pasado. Pero el hecho no es tan sorprendente como a primera vista pudiéramos juzgarlo. Es muy posible, casi seguro, que el alma rusa no tenga, en el fondo y a la larga, demasiada simpatía por el dogma central del marxismo, que es una fe materialista, una creencia en el hambre como único y decisivo motor de la historia. Pero el marxismo tiene para Rusia, como para todos los pueblos del mundo, un valor instrumental inapreciable. El marxismo contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la economía de todos los pueblos occidentales. A nadie debe extrañar que Rusia haya pretendido utilizar el marxismo en su mayor pureza, al ensayar la nueva forma de convivencia humana, de comunión cordial y fraterna, para enfrentarse con todos los problemas de índole económica que necesariamente habrían de salirle al paso. Tal vez sea éste uno de los grandes aciertos de sus gobernantes.

Mi tesis es ésta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista, pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia en donde parece hablar a nuestro corazón.

Y de esto trataremos largamente otro día.





Antonio Machado levanta el puño en la clausura de la Conferencia Nacional de Juventudes, organizada por las Juventudes Socialistas Unificadas, celebrada en Valencia los días 15, 16 y 17 de enero de 1937. Machado está de perfil arriba a la derecha.



II
Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39. Ed. por Julio Rodríguez Puértolas y Gerardo Pérez Herrero. Madrid: Emiliano Escolar Editor, 1983, pp. 262-64.

La Editorial Europa-América --hubiera dicho Juan de Mairena en nuestros días-- viene dando a la estampa una serie de diminutos cuadernos muy bien elegidos, para demostrarnos que no siempre es en vano el gemido de las prensas. Todos son de leer y meditar. Su extremada brevedad no empece a su excelencia. Mas uno hay entre ellos que a mi me parece una verdadera joya: el titulado Nuestra experiencia revolucionaria y que contiene el diálogo entre Wells y Stalin, en 23 de julio de 1934.

El inglés ha estado en Norteamérica, para visitar a Roosevelt, y ahora viene a Moscú, para conversar con Stalin. No es, pues, Wells, hombre que se chupe el dedo, y como buen inglés, aunque algo americanizado, no es hombre que guste de perder su tiempo. Lo recibe Stalin con franca cordialidad, sin arrumacos, sin prejuicios tampoco ni reservas mentales, mas como un hombre que está necesariamente algo de vuelta. Porque Wells, a fuer de anglosajón, es esencialmente antirrevolucionario; le asusta todo trastorno político y social. Stalin no es un fanático de la Revolución, pero carece del prejuicio antirrevolucionario. Hay en Stalin una claridad de ideas y una virtud suasoria que no alcanza nunca su interlocutor. Al inglés no le abandona todavía el miedo a la aventura; el eslavo tiene la tranquila seguridad de quien posee una experiencia. Ambos dicen estar de acuerdo en que el mundo capitalista se desmorona. --Allá ellos-- añadiría Mairena. 

Aceptada la tesis ¿cómo no admitir la implacable lógica revolucionaria de Stalin?  De aquello que se desmorona hay que esperarlo todo menos una transformación; porque si fuera capaz de transformarse, claro está que de ningún modo se desmoronaría. Sustituir, construir y ayudar a caer: tal es lo esencialmente revolucionario para Stalin. La historia de todas las revoluciones le da la razón ampliamente. Quiero decir que Stalin ha visto la historia con sus propios ojos y no es fácil que se le engañe. A Wells se la han contado, y no precisamente los que la han hecho.



En cuanto a la dictadura del proletariado, ¿por qué nos asustan tanto las palabras? Si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos en el mundo del trabajo, cuando el del capital es --por definición aceptada-- el de las viejas ratas que corroen la nave? La lógica sigue siempre del lado de Stalin. ¿La lógica nada más? ¡Ah! Yo no soy más que un aprendiz de sofística, en el mejor sentido de la palabra.


En verdad --hubiera concluido Juan de Mairena, al margen ya de sus lecturas-- que no son las palabras lo que más asusta, sino ciertas imágenes groseras que en muchas cabezas suelen sustituir a las ideas, por ejemplo: alguien empeñado en bordar lises borbónicas en unas alpargatas de albañil, unas botas de charol en la espuerta de la basura, etcétera, etcétera. Y con estas figuraciones claro está que no se puede ir a ninguna parte.





viernes, 9 de diciembre de 2016

Antonio Machado: La espina de una pasión










Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Colliure, 22 de febrero de 1939)


Por Rafael Narbona. Profesor de filosofía, escritor y crítico literario.


¿Se puede añadir una nueva página al caudaloso río de interpretaciones, comentarios y análisis que ha inspirado la obra de Antonio Machado? Quizás no. Por eso, sólo escribiré un apunte, sin otro criterio que reflejar mi experiencia personal como lector. Me limitaré a los poemas de Soledades aparecidos en 1903, sin explorar los textos añadidos hasta completar la versión de 1907, titulada Soledades. Galerías. Otros poemas. He envejecido leyendo a Antonio Machado y sería una temeridad pensar que con la edad he avanzado hacia una comprensión más atinada y profunda. El joven que leía bajo la sombra de un álamo blanco del Parque del Oeste se ha desvanecido con el tiempo y en su lugar ha aparecido un crítico literario de mediana edad que pasea por la estepa castellana, sobrecogido por un paisaje con la belleza de lo elemental, humilde y sencillo. Podría rescatar algún ensayo sobre Antonio Machado, pero prefiero adentrarme en sus primeros poemas con una mirada ferozmente subjetiva, dialogando con el autor. No se escribe para la historia, sino para apropiarse de la realidad y sentir cada árbol –o cada verso- como algo cercano, elocuente y humano. La aventura de leer siempre representa el encuentro de dos sensibilidades. No es un contacto fugaz, sino una vivencia que transfigura el texto. Los libros fluyen como el río de Heráclito. Nadie se baña dos veces en sus palabras. Antonio Machado era consciente de ese fenómeno y no se conformó con arrojar metáforas e intuiciones a la corriente. Su intención era convertir el poema en duración, eco, huella vibración. Ser hombre significa ver volver, sí, pero también contemplar el mundo con la perspectiva de un aciago demiurgo que soporta el devenir, garantizando la pervivencia de las cosas, aunque sólo sea como lejana rememoración.

Antonio Machado goza de la consideración de escritor nacional y ciudadano ejemplar, pero esos laureles desdibujan su fecunda síntesis del nihilismo y fe utópica. No hablo de utopías políticas, sino de un estado del alma que sólo es posible en un horizonte de perfección estética, con hojas otoñales, rosales, ramas de eucalipto y encinas negras. El paraíso no es una hipotética eternidad, sino: “¡Alegría infantil en los rincones / de las ciudades muertas!… / ¡Y algo de nuestro ayer, que todavía / vemos vagar por estas calles viejas!” (“El viajero, III”). La poesía celebra la vida y preserva el ayer, quizás como un débil latido, pero ese sonido es la imagen de nuestra esperanza.Conviene recordar que el joven Antonio Machado es un poeta simbolista y advierte en la sinestesia la clave oculta del cosmos. El sonido puede transfundirse en materia y la imagen en sonido. El ser acontece como analogía. La palabra poética no puede derrotar a la muerte, pero se incorpora a los signos en rotación que tejen la trama de lo real. El nihilismo de Machado se manifiesta en una dolorosa melancolía. La vida se parece a una canción infantil: “un algo que pasa / y que nunca llega; la historia confusa / y clara la pena” (“Recuerdo infantil”, VIII). Sin embargo, el paisaje es espíritu que vivifica y renueva: “El Duero corre, terso y mudo, mansamente. / El campo parece, más que joven, adolescente. / […] Belleza del campo apenas florido, / y mística primavera!”. Esta vez no es el fatal río de Jorge Manrique, que también circula por las páginas de Machado, sino una fuerza que prodiga vida y florece como una epifanía. El paisaje es inseparable de una tradición cultural, pero la conciencia nacional, de raigambre romántica y liberal, aflora con versos depurados, sin afectación política o retórica: “¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, / espuma de la montaña / ante la azul lejanía, / sol del día, claro día! / ¡Hermosa tierra de España!” (“Orillas del Duero” IX).

Para Machado, la poesía no es una emoción recreada desde la serenidad, sino creación, génesis: “Yo voy soñando caminos / de la tarde. / ¡Las colinas / doradas, los verdes pinos, / las polvorientas encinas!…”. / ¿Adónde el camino irá?”. El poeta no inventa el mundo, pero el mundo se ordena y revela gracias a sus palabras. Eso sí, las palabras desconocen la finalidad de la vida, si es que existe. Machado busca un sentido al mundo, pero no lo encuentra. Se dirige a Dios y no obtiene respuesta. Invoca el amor y sólo cosecha dolor: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón”. El dolor nos hace daño, pero nos recuerda que estamos vivos. No debemos rehuir sus zarpazos: “Aguda espina dorada, / quién te pudiera sentir / en el corazón clavada” (“Orillas del Duero”, XI). Machado se mantiene fiel a su pesimismo existencial: “Bajo los ojos del puente pasa el agua sombría. / (Yo pensaba: ¡el alma mía!”)” (“Orillas del Duero”, XIII). El Amor es una llama que devora a los amantes, la Muerte es un soplo que reduce todo a barro y ceniza, la Angustia se pasea por las calles en sombra, la Belleza se muestra esquiva, amarga, hermética, el Mañana sólo es una promesa de hastío, la Melancolía crece en el alma como el musgo, invadiendo y enmoheciendo hasta la última estancia. Sin embargo, una “linda doncellita” llena su cántaro con agua transparente. La vida está hecha de “sed y dolor”, pero unos ojos despiertos alivian cualquier penar, paseándose por una huerta, regocijándose con la rutina de una “noria soñolienta” o expandiéndose con una tarde de julio animada por “la sempiterna tijera de la cigarra cantora”.



Antonio Machado esboza un primer autorretrato: “Y otra noche / sintió la mala tristeza / que enturbia la pura llama, / y el corazón que bosteza, / y el histrión que declama” (“El poeta”, XVIII). El destino del poeta no es la felicidad, sino arder en las cosas, como un cohete que incendia el cielo antes de apagarse y perderse en el olvido. No obstante, su vuelo apunta hacia la única utopía posible: “la tierra de un sueño no encontrada”. Para escribir esta nota, he manejado la primera edición de las obras completas de Manuel y Antonio Machado. Apareció en Madrid en 1947. Se lanzaron 3.000 ejemplares numerados a mano. Desgraciadamente, mi ejemplar omite la numeración. El papel fue fabricado expresamente por Papeleras Reunidas, S. A., de Alcoy. Lo ornamentó Fernando Marco y lo encuadernó Carrascosa en piel roja, con un cartón flexible y una guía de cortesía. Una hermosa edición es una utopía posible. Quizás no para Antonio Machado, que maltrataba los libros a conciencia, pero sí para sus lectores, que rastrean en sus poemas “historias viejas de melancolía”.

Muchas gracias D. Dario

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